Inicio Actualidad Así es un día en la vida de Alberto

Así es un día en la vida de Alberto

0

Un periodista acompañó al presidente durante toda una jornada de trabajo.

Con media cabeza asomada por una de las ventanillas traseras, Alberto Fernández saluda desde la combi que lo lleva al hospital modular que está a punto de inaugurar en Longchamps, Almirante Brown. «¡Vuelvan a su casa! ¡Cuídense mucho!», les grita a dos chicas con barbijo que, como cientos de vecinos del barrio Los Álamos, salieron a la calle y angostan el camino para ver el paso de la camioneta bien de cerca. «¡Gracias, compañero!», le dedica a un hombre que, desde el techo de una casa sin revoque, lo saluda con los dedos en V. En la esquina, tres policías formados hacen la venia. Axel Kicillof, sentado una hilera más atrás, interrumpe el romance, sin anestesia: le toca el hombro y le muestra en la pantalla de su celular la imagen de un vagón de tren repleto de gente. «Línea Sarmiento, estación Ramos Mejía», dice. Fernández resopla y se lamenta: «¡Un suicidio!».

 

Casi dos meses después de haber impuesto la cuarentena y sin haber cumplido un semestre en el cargo, el Presidente se aproxima a una encrucijada que marcará para siempre el destino de su gobierno. Mientras camina por la cornisa del default de la deuda externa, se prepara para afrontar el peor momento de la pandemia del coronavirus, con un crecimiento marcado de contagios y de muertes en el área metropolitana, que amenaza empinar la curva y forzar un retroceso. El fin de la reapertura progresiva, anunciada la semana pasada, asoma en el horizonte. Las visitas al territorio, para monitorear obras y atender las demandas de los intendentes, se combinan con reuniones de urgencia en la residencia Olivos y llamadas sin horarios a ministros y secretarios. No hay margen para distracciones ni demoras.

«¿No podemos controlar mejor en las estaciones?», le pregunta a Kicillof, antes de bajar de la combi, con la imagen del vagón repleto todavía fresca. «Podemos reforzar el sistema de preventa [de boletos] y el que no tiene autorización no viaja», responde el gobernador. «Y sí, hagamos eso urgente», indica Fernández, sentado al lado de Máximo Kirchner. «Me gustó tu discurso de ayer», le dijo minutos antes a su jefe de bloque en Diputados, por la sesión del miércoles. En la camioneta también viajan los ministros Gabriel Katopodis (Obras Públicas), Ginés González García (Salud) y Eduardo «Wado» de Pedro (Interior); el intendente de Almirante Brown, Mariano Cascallares, y un dirigente que llegó con Fernández, pero juega de local en el distrito, el secretario de Comunicación, Juan Pablo Biondi. «Kato, ¿cómo vienen los otros hospitales?», chequea el Presidente con el ministro de Obras Públicas, antes de volver a asomarse por la ventanilla: «No anden por la calle, los quiero mucho».

«¿No podemos controlar mejor en las estaciones?», le pregunta a Kicillof, antes de bajar de la combi, con la imagen del vagón repleto todavía fresca. «Podemos reforzar el sistema de preventa [de boletos] y el que no tiene autorización no viaja», responde el gobernador. «Y sí, hagamos eso urgente», indica Fernández, sentado al lado de Máximo Kirchner. «Me gustó tu discurso de ayer», le dijo minutos antes a su jefe de bloque en Diputados, por la sesión del miércoles. En la camioneta también viajan los ministros Gabriel Katopodis (Obras Públicas), Ginés González García (Salud) y Eduardo «Wado» de Pedro (Interior); el intendente de Almirante Brown, Mariano Cascallares, y un dirigente que llegó con Fernández, pero juega de local en el distrito, el secretario de Comunicación, Juan Pablo Biondi. «Kato, ¿cómo vienen los otros hospitales?», chequea el Presidente con el ministro de Obras Públicas, antes de volver a asomarse por la ventanilla: «No anden por la calle, los quiero mucho».

Fernández llegó a Almirante Brown al mediodía. Viajó en helicóptero, desde Olivos, con Biondi y los otros tres habitantes permanentes de la residencia: el secretario general, Julio Vitobello; el fotógrafo Esteban «Cofla» Collazo, y el intendente de la quinta, Daniel Rodríguez, amigo y asistente personal de Fernández desde hace 20 años. Antes de abandonar la residencia, Fernández revisó un número que sigue con obsesión: las camas de terapia intensiva ocupadas en todo el país por pacientes infectados de Covid-19: 147 de 10.477 disponibles. Bien temprano, el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, le informó que el día anterior habían muerto 23 personas por coronavirus, cifra récord. «Estoy tranquilo. Todo está dentro de lo previsible. Pasó lo que dijimos que iba a pasar si el virus entraba en un barrio vulnerable. Pero el sistema de salud está preparado. Hemos ido mucho más rápido que la epidemia. Tenemos que ajustar detalles», dijo, como dándose ánimo, cuando el helicóptero cruzó la General Paz. Pero advirtió que lo inquieta la reapertura de comercios en la Capital por el aumento de circulación de personas: «No tiene mucho sentido mantener la cuarentena y abrir los comercios. Parece una invitación a salir a la calle».

Cuando el helicóptero pasó por La Paternal, el Presidente detectó la cancha de Argentinos Juniors. «¡De pie, señores!», bromeó, y dio inicio a un ritual que usa para matar el tiempo en sus vuelos: reconocer estadios de fútbol desde las alturas. «Aquel es el de Deportivo Español. Ahí le ganamos a Gimnasia y Tiro de Salta 1 a 0 y ascendimos, con gol del Polo Quinteros», dice, y cuenta encantado que le acaba de llegar un video de agradecimiento del arquero Marcelo Pontiroli. El Presidente lo mencionó en una entrevista por haber atajado un penal en 2006, que hizo que Argentinos le ganara de forma agónica a Racing y que él, entonces jefe de Gabinete, pudiera burlarse al día siguiente de Néstor Kirchner. Después respondió mensajes con su teléfono y le preguntó a Vitobello si tenía reuniones agendadas para la mañana siguiente. A la tarde se vería con el ministro de Economía, Martín Guzmán, para organizar el pago del aguinaldo a los empleados públicos. «Dios me iluminó cuando lo designé», dijo, y avisó que lo va a sostener en el cargo haya o no acuerdo por la deuda. Antes de bajar del helicóptero, se colocó un barbijo que le pasó Dani.

Mientras recorre la zona de terapia intensiva del hospital modular de Longchamps, un conjunto de contenedores encastrados de 1100 metros cuadrados y 75 camas, se le acerca Daniel Gollán, ministro de Salud bonaerense, con el teléfono en la mano. Esta vez son buenas noticias: le muestra, en una aplicación creada para monitorear la pandemia, que de 4381 camas que tiene la provincia, entre las de terapia y las comunes, solo 169 están ocupadas por pacientes con coronavirus, menos del 4 por ciento. Kicillof aporta otro dato: la provincia registra 13 casos cada 100.000 habitantes, mientras que en la Capital son 79. Antes de partir, les piden a los funcionarios que posen para una foto. El Cofla avisa que no hay una sola mujer. El Presidente detiene la toma. Mandan a llamar a la directora de la Unidad de Atención Primaria (UPA). Aparece una médica con guardapolvo blanco y se hacen las fotos. A la salida, los vecinos se agolpan contra el alambrado perimetral para saludarlo. «¡Por favor, no estén tan juntos!», les suplica él, con las manos en posición de rezo. Pero a medida que se acerca la gente se aprieta más. Le pasan cartas y carteles a través del alambrado. «Sáquenlo, que, si no, no llegamos», indica Vitobello a los custodios. Antes de volver a la combi, Fernández busca a González García: «A la tarde venite a Olivos que tenemos que ver lo de Buenos Aires».

La próxima parada es Quilmes, para visitar una fábrica de barbijos. El Presidente invita al helicóptero a Kicillof, Máximo Kirchner y Wado de Pedro. Se sientan juntos, en las cuatro butacas del sector más cercano a la cabina, donde sobresale un escudo dorado de la República Argentina. Sentado más atrás, Vitobello chatea en Todos por Alberto, el grupo de WhatsApp de dirigentes de la Capital más cercanos a Fernández.

El barbijo

«Me voy a morir asfixiado por un barbijo, no puedo más», dice el gobernador antes de quitárselo. El Presidente se descarga: «No lo aguanto más. Mi teoría es que con el barbijo solo aspiro anhídrido carbónico». El único que se lo deja puesto es el ministro del Interior. Cuando la nave levanta vuelo, Kicillof insiste en que deberían reforzarse los controles en la ciudad de Buenos Aires. Fernández lo respalda: «Me llamó el intendente de San Vicente y me contó que los vecinos se toman el tren para venir a comprar a los negocios de la Capital». De Pedro muestra un cuadro en su celular.

El Presidente cuenta después que estuvo hablando con Juan Grabois para mejorar el sistema de compras y distribución de alimentos en comedores. La conversación se extiende. Cuando el helicóptero empieza el descenso se toman un breve recreo. Fernández le habla al oído a Máximo Kirchner, se ríen. El gobernador cuenta que en una de las recorridas le regalaron unas galletitas con la cara del Presidente. «¡Las vi, me cagué de risa!», responde el homenajeado. Kicillof confiesa que las usó para divertir a sus amigos el fin de semana, en una charla por Zoom: «Miren, les decía, me estoy comiendo a Alberto».

El helicóptero aterriza en el predio de Delta Plus, que fabrica un millón de barbijos por mes. Los reciben la intendenta, Mayra Mendoza; Andrés Larroque, flamante ministro de Desarrollo de la Comunidad de la provincia, y el ministro de Desarrollo Productivo de la Nación, Matías Kulfas. «¡Qué hacés, ministro!», saluda Fernández al Cuervo, con un choque de codos. Los vecinos colgaron banderas de bienvenida en los alambrados. También, un reclamo para reincorporar a 240 trabajadores del frigorífico Penta, un conflicto que el mes pasado derivó en una represión de la policía bonaerense, en Bernal Oeste.

Mientras recorre los puestos de trabajo de la planta, uno de los dueños le explica al Presidente que tuvieron que importar la tela para fabricar los barbijos de máxima seguridad, los N95, porque en el país no se hace el material adecuado. «¿Cómo puede ser? ¡Matías!», levanta la cabeza Fernández, y convoca al ministro de Desarrollo Productivo. Cuando lo ponen al tanto, Kulfas copia la reacción del Presidente y llama al secretario de Industria, Ariel Schale, que promete trabajar para resolverlo. Máximo Kirchner se separa del grupo y conversa mano a mano con los operarios: les pregunta cuánto les pagan, si reciben ayuda estatal.

Los operarios despiden al Presidente con un aplauso. Él agradece y se encarga de organizar una foto. «¿Me puedo sacar el barbijo?», consulta a sus colaboradores. «¡No!», lo retan. Él cierra los ojos, resignado. La visita a la planta termina en el sector administrativo, donde los dueños prometen una donación de barbijos de seguridad, piden una reducción impositiva para la importación de insumos y advierten que la incertidumbre por un posible default les dificulta las inversiones.

«Queremos poder cerrar el acuerdo el 22. Depende de ellos. Están en una actitud muy negacionista. No se dan cuenta de que todo el mundo está en problemas», dice el Presidente, y detalla que hay 45 países que este año podrían entrar en default. A la salida, antes de subirse a la combi que lo lleva de regreso al helicóptero, Mendoza le regala un disco original de Help, el quinto álbum de los Beatles. «Todo un símbolo», bromea Vitobello cuando suben a la camioneta. El Presidente disfruta el regreso a su despacho, en Olivos. Porque se puede sacar el barbijo y porque lo espera otro regalo: el buzo y los guantes autografiados de Pontiroli. «Esto va para el Instagram», celebra.

Fuente: La Nación

Dejar un comentario

Por favor ingresa tu comentario
Por favor ingresa tu nombre acá