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Crónicas desde París

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Algunos parámetros para entender el movimiento de los chalecos amarillos.

París vivió nuevamente intensas jornadas de lucha callejera el día de ayer. Según la propia policía, los movilizados “chalecos amarillos” fueron más de cien mil. La CGT marchó por su cuenta con unos 3 mil trabajadores. En paralelo se desarrollaba el Congreso de la Juventud del Nuevo Partido Anticapitalista, del que es parte la militancia de Socialismo o Barbarie. Hablamos con un militante de SoB Francia, que participó de las álgidas peleas del día de ayer junto al pueblo francés.

“Ayer estuvimos recorriendo y fuimos parte de las movilizaciones que se hicieron en varios puntos de París. En los Campos Elíseos, estábamos en la importante concentración de los chalecos amarillos cuando comenzó la represión. La zona del Arco del Triunfo fue el epicentro más violento de la represión policial, nosotros estábamos con la juventud del NPA en otro de los accesos. Ahí la represión fue fuerte, con muchos gases lacrimógenos y el uso de fuego por parte de la policía, que después los bomberos tuvieron que apagar. Había de todo: la gente que venía del interior con los chalecos, trabajadores con insignias de la CGT, estudiantes, todos mezclados” nos cuenta Santiago Follet desde París. “Mientras estábamos ahí, nos llegaba que la movilización en la zona de la plaza de la Bastilla había logrado romper el cerco policial, derrotando la represión.”

Macron intenta hacer lo que muchos presidentes franceses ensayaron aplicar para luego fracasar. La burguesía intentó por décadas poner en línea a Francia con los ajustes neoliberales, las privatizaciones, la súper explotación de los trabajadores. Y si bien lograron aplicar alguna reforma regresiva específica, la resistencia obrera ha frenado esos planes una y otra vez. La clase trabajadora francesa es de las pocas del mundo que no pudo ser pasada por arriba por la ola neoliberal de los 80’ y 90’, logrando parar embate tras embate.

El presidente francés trata de mostrarse como “de centro” en contraste con gobiernos como el de Trump, de ideología nacional imperialista. Su perfil público es el de un liberal “globalista”, “abierto al mundo”, que apuesta por la continuidad del proyecto de la Unión Europea en estrecha alianza con Alemania. En ese marco político, diferente al del nacionalismo “anti-globalista” creciente en los países imperialistas como Estados Unidos y Gran Bretaña (con su propia y fuerte representación francesa en Le Pen), es que trata de poner en línea a Francia con estándares de explotación más cercanos a los del resto del mundo. Así es que los aumentos del combustible fueron presentados por Macron no como un antipopular ajuste sino como parte de una agenda “ecológica” que, por supuesto, se descarga sobre las espaldas de los de abajo.

Se ha abierto una situación de naciente rebelión popular. Pero el mecanismo de transmisión fue diferente del de otras grandes luchas, se proyectó de las zonas rurales a las ciudades, en vez de nacer en ellas. Esto es así porque el aumento de los combustibles golpea centralmente a las zonas rurales, donde el uso del automóvil es más común frente a grandes ciudades donde la mayoría de su población se mueve en un bien organizado sistema de transportes públicos.

Así, la composición social y política del movimiento de los chalecos amarillos (insignia del automovilista rural) es diferente de la de la inmensa tradición de lucha de la clase obrera urbana. Se trata de un movimiento más bien de clases medias, pequeños propietarios, campesinos y trabajadores que viven y respiran ese clima social y político más conservador que el obrero francés acostumbrado a llevar una bandera roja y cantar “La Internacional”. Por eso también hay cierta hostilidad al movimiento por parte de la izquierda “tradicional” del PC y la CGT, como la hubo de parte de sectores de la “extrema izquierda”. Hay aún hoy riesgos reales de que la demagogia derechista y xenófoba del Front National de Le Pen pueda usar a su favor la lucha de los chalecos amarillos. Su composición social heterogénea, en términos generales pequeño burguesa, la hace susceptible de ser ganada tanto por las posiciones de la demagogia de la extrema derecha como lograr vincularse con los movimientos de la clase trabajadores y la juventud que pueblan las ciudades de Francia. “Hay con qué”: hace apenas unos meses se dio la enorme pelea de los ferroviarios contra la privatización de SNCF y el movimiento estudiantil está revuelto por la pelea contra los ataques a la educación universitaria.

Continúa Follet: “La movilización de la CGT fue muy chica en relación a lo que son capaces de movilizar. Contra lo que quería su burocracia, había ahí también muchos chalecos amarillos. La burocracia del movimiento estudiantil hizo también una marcha, más pequeña aún. Hubo también una marcha contra el racismo de la que no pudimos participar. En general, las burocracias intentaron no perder protagonismo manteniéndose al margen del movimiento real y tratando de que no se logren vincular sectores de trabajadores con ellos. No lograron que las marchas formales que hicieron tuvieran ningún peso real y parte de su base se plegó a los chalecos amarillos en los Campos Elíseos, trabajadores y estudiantes”.

La CGT, fiel a su historia de traiciones, hace todo lo posible para mantener alejados entre sí a ambos movimientos, temiendo perder el control. Para ellos, la calle no puede ni debe definir nada, de lo que se trata es de votar en el momento oportuno por los candidatos que sus dirigentes indiquen y luego “dejar gobernar”. Le prestan así una ayuda más que salvadora a Macron. Pero, como siempre, las posiciones de “mesura” de la “izquierda” son un puente entre los movilizados y la extrema derecha. Si no es vinculan en la pelea real los intereses de los trabajadores con los chalecos amarillos, éstos pueden volcarse a otra alternativa, Le Pen en este caso.

Se puede constatar que la heterogeneidad del movimiento es también geográfica. Mientras en el interior sus cortes y movilizaciones han tenido manifestaciones de xenofobia, en París el día de ayer se entremezcló con trabajadores. La dinámica del enfrentamiento con la policía, de la llegada al centro político del país y el enfrentamiento directo con el gobierno le dio elementos de radicalización callejera como no se veía hacía un buen tiempo: se respira en el aire el aroma a rebelión primaveral en pleno otoño.

Con la llegada a las ciudades, a la histórica y combativa París en particular, se pisó un nuevo escalón. La movilización de origen más bien periférico logró ser la pieza de dominó que tumbó la frágil estabilidad de los meses de verano, y se cayó la normalidad entre los trabajadores, que exigen aumentos salariales, y los estudiantes, contra las subas de las matrículas.

Los “chalecos amarillos” no cuentan con una dirección, con organización y perspectivas claras, están en disputa. A pesar de haberse apartado parcialmente de ellos, Le Pen toma nota e intenta ganar peso mientras la CGT parece preferir entregárselos.

“Hay marcos de autoorganización del movimiento, comités de barrios populares, un embrión de organización propia de los chalecos amarillos” nos dicen desde París. Como en casi todo lo demás, los trabajadores franceses tienen ya experiencia en organizaciones surgidas de la lucha como esa, las llamadas “inter-profesionales” entre diversos gremios obreros cuando las empalizadas de la burocracia sindical son desbordadas. Allí puede estar la clave de vincular la lucha protagonizada por los “chalecos amarillos” con los intereses y las luchas de los trabajadores. Socialismo o Barbarie ha planteado al resto del NPA que es necesario impulsar la coordinación por abajo entre los trabajadores, la juventud y los manifestantes contra el aumento de los combustibles. Debatir unitariamente perspectivas comunes de lucha, desde abajo sin el obstáculo de la dirección de la CGT, puede cerrarle el paso a la derecha y abrir una perspectiva nueva para Francia, contra el ajuste liberal de Macron y la demagogia nacional imperialista de Le Pen. Depende de que la clase trabajadora pueda darse la política de ganarse para su causa a los amplios sectores populares que desbordaron al régimen francés.

FUENTE: LA IZQUIERDA DIARIO

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